Amor transformador   2 comments

Domingo 6 de Julio del 2008

Amor transformador

Pastor Tony Hancock

Introducción

La Biblia declara que Dios ha puesto la eternidad en el corazón  de los hombres. En cada corazón humano encontramos una de dos cosas: una horrible duda acerca de la eternidad, o una gran seguridad acerca de su destino.

Un predicador de antaño, después de ser diagnosticado con una enfermedad mortal, dijo: “Recuerdo hace un año que el doctor me dijo: Usted tiene una enfermedad de la cual no se recuperará.
Salí a caminar afuera de mi casa, y vi aquella montaña que me fascina. Miré el río que me deleita, y observé los árboles que son como poesía divina para mi corazón. Al anochecer miré aquel enorme cielo en el que Dios iba encendiendo una por una sus lámparas, y dije: Posiblemente no te vea muchas veces más, pero
montaña, estaré vivo cuando tú ya no existas; río, viviré cuando hayas dejado de correr hacia el mar; estrellas, ¡yo seguiré con  vida cuando ustedes hayan caído de sus casquillos en la gran disolución del universo material!”

¿Tienes tú esa certeza? ¿Quién no se ha hecho la pregunta: cómo puedo poseer la vida eterna? ¿Cómo puedo participar en la vida  de la que disfruta Dios? Un día, alguien le hizo esa pregunta a Jesús. Vamos a ver qué respondió El.

Lectura: Lucas 10:25-37

10:25 Y he aquí un intérprete de la ley se levantó y dijo, para probarle: Maestro, ¿haciendo qué cosa heredaré la vida eterna? 10:26 El le dijo: ¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo lees? 10:27 Aquél, respondiendo, dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo. 10:28 Y le dijo: Bien has respondido; haz esto, y vivirás. 10:29 Pero él, queriendo justificarse a sí mismo, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? 10:30 Respondiendo Jesús, dijo: Un hombre descendía de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de ladrones, los cuales le despojaron; e hiriéndole, se fueron, dejándole medio muerto. 10:31 Aconteció que descendió un sacerdote por aquel camino, y viéndole, pasó de largo. 10:32 Asimismo un levita, llegando cerca de aquel lugar, y viéndole, pasó de largo. 10:33 Pero un samaritano, que iba de camino, vino cerca de él, y viéndole, fue movido a misericordia; 10:34 y acercándose, vendó sus heridas, echándoles aceite y vino; y poniéndole en su cabalgadura, lo llevó al mesón, y cuidó de él. 10:35 Otro día al partir, sacó dos denarios, y los dio al
mesonero, y le dijo: Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese.
10:36 ¿Quién, pues, de estos tres te parece que fue el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?
10:37 El dijo: El que usó de misericordia con él. Entonces Jesús le dijo: Ve, y haz tú lo mismo.

El maestro de la ley que se presenta para cuestionar a Jesús en este relato quería ponerlo a prueba. Quizás realmente sentía algún deseo de seguir a Jesús, y quería ver si era un maestro verdadero o no. Más probablemente, simplemente deseaba ver si podría atrapar a Jesús en algún error.

Es necesario tener esto en mente cuando consideramos la respuesta de Jesús. Jesús adaptaba sus enseñanzas a su audiencia; daba enseñanzas profundas a quienes eran capaces de recibirlas, pero empezaba con lo más básico cuando su audiencia lo requería. Jesús no le proclama el evangelio a este hombre porque no estaba preparado para recibirlo. Le era necesario primero enfrentar los justos requisitos de la ley antes de poder comprender la gracia y la misericordia de Dios. Por esto, Jesús lo lleva de regreso a la ley en la que este hombre supuestamente era experto. “¿Cómo lo lees?” – le pregunta.

El experto le responde con claridad y con inteligencia. La ley se resume con estas dos cosas: amar a Dios y amar al prójimo. Jesús lo felicita por su buena respuesta. “Haz esto y vivirás”, le dice. ¿Estaba enseñando aquí Jesús que es posible ganar la entrada al cielo? ¿Nos quiere dar a entender el Señor que, si simplemente somos muy amorosos, nos ganaremos la gloria?

No nos enseña esto, simplemente porque ninguno de nosotros ha sido capaz de hacerlo. Podríamos entrar al cielo si lográramos vivir una vida de perfecto amor, pero ninguno de nosotros lo ha podido hacer. Sin embargo, Jesús nos dice algo sumamente importante acerca del reino de Dios:

I. El amor es la marca distintiva del hijo de Dios

El apóstol Juan da eco a esta idea en su primera carta, cuando escribe: “Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a nuestros hermanos.” (1 Juan 3:14) ¿Cómo se distingue al creyente? ¿Es por la Biblia enorme que carga o por la cruz que lleva en el cuello? No, es por el amor que
demuestra. El amor distingue al hijo de Dios.

Sin embargo, así como lo hacemos la mayoría de nosotros, el experto en la ley se quiso justificar a sí mismo. Frente a la perfección que Dios requiere, siempre buscamos alguna escapatoria. Seguramente este hombre quería justificar su propia falta de amor hacia algunas personas con una definición de “prójimo” que excluía a grandes partes de la raza humana.

Así solemos hacer nosotros. Cuando nuestras faltas se vuelven evidentes, buscamos algún pretexto. Decimos: “¡Pero si todo el mundo lo hace!” Señalamos a otro: “¡Mira! El es mucho peor que yo.” Nos justificamos: “Es que no tenía alternativa.” En lugar de reconocer el error y abandonarlo, buscamos alguna
justificación.

Jesús no nos permite escapar tan fácilmente. Más bien, cuenta una historia que hace relucir la falta de amor verdadero que caracteriza la vida de la mayoría de nosotros. El problema que tenemos nosotros es que confundimos el amor con el querer. El querer es natural; el amor es sobrenatural.

Es natural, por ejemplo, que una madre quiera a sus hijos. De hecho, todos sabemos que algo está muy mal cuando una madre no quiere a su propio hijo. Leemos historias de madres que se sacrifican por sus hijos, y decimos: ¡Qué noble! Es cierto; es noble. Sin embargo, también es natural.

El amor es distinto al querer. Cuando queremos, siempre hay una razón. Queremos a nuestros amigos porque nos divertimos con ellos, y nos apoyan. Queremos a nuestra pareja porque nos atrae. Queremos a nuestros hijos porque son de nuestra sangre.

Jesús nos cuenta una historia en la que un viajero se encuentra con un necesitado que no le ofrece nada. No existe razón alguna para que él se detenga, pierda tiempo y dinero en ayudar al otro y se haga responsable de él. El hombre que había sido asaltado no era nada suyo; más bien, pertenecían a dos razas que no se
llevaban entre sí.

Sin embargo, el samaritano se detuvo, le lavó las heridas y lo llevó a un lugar donde podría ser atendido. Lo trató como si fuera un familiar. La marca del amor es ésta:

II. El amor se demuestra en acción desinteresada

Si hay interés, ya no es amor; es querer. Es como el niño que le escribió una carta al pastor diciéndole: “Pastor, yo sé que Dios ama a todo el mundo, pero El no conoce a mi hermana.” Este niño confundía el querer con el amar. Ya que su hermana le caía mal, creía que ni Dios la podía amar.

Pero si Dios sólo amara a los que fueran dignos de su amor, todos estaríamos fritos. El amor no se basa en el interés, sino que es desinteresado. No es malo querer; al contrario, es natural. Pero no te creas muy noble porque quieres a tu familia, a tu esposa, a tus amigos.

Lo que Dios está buscando es amor. Amor, que se demuestra en acción desinteresada. Considera todas las cosas que has hecho para ayudar a otros en esta semana. ¿En cuántas de ellas te mostraste desinteresado? ¿Cuántas cosas hiciste por puro amor? ¿Cuánto has hecho para alguien que no te puede pagar, que quizás incluso te odia o te maltrata?

No sé tú, pero la gran mayoría de las cosas “buenas” que yo hago realmente son naturales, no sobrenaturales. Son fáciles de explicar en términos humanos. El verdadero amor, sin embargo, es sobrenatural. El verdadero amor se conoce de una forma:

III. El amor se conoce por medio de Jesucristo

El apóstol Juan nos lo explica. “En esto conocemos lo que es el amor: en que Jesucristo entregó su vida por nosotros.” (1 Juan 3:16) Sin Cristo, no es difícil amar de verdad; es imposible. En Cristo llegamos a conocer lo que es el verdadero amor, un amor que se sacrifica por los que no le pueden ofrecer nada a cambio.

Si quieres ver una gran historia de amor, no mires alguna película romántica o telenovela. Considera, más bien, la vida y la muerte de Jesucristo. Piensa en lo que le significo a El rebajarse para tomar carne humana, ser condenado injustamente y morir en nuestro lugar. Eso sí que es amor.

Si quieres conocer el verdadero amor, tienes que conocer a Jesucristo. Pero no basta con mirarlo de lejos; tienes que conocer su amor de una forma personal. ¿Lo ves allí? Mira cómo lo pegan con los látigos – y cada latigazo lo merecías tú y yo lo merezco yo. ¿Te das cuenta cómo se burlan de El? Tú y yo nos hemos burlado tantas veces de su voluntad.

¿Lo ves colgado en la cruz? Ya ni parece ser humano – con su carne colgada en tiras sobre sus huesos, la sangre cayendo de sus muchas heridas y sus manos y pies traspasados por los clavos. Ese es el destino que tú y yo nos merecíamos – pero El voluntariamente lo sufrió.

Eso es amor. “En esto conocemos lo que es el amor: en que Jesucristo entregó su vida por nosotros.” Continúa el verso: “Así también nosotros debemos entregar la vida por nuestros hermanos.” Cuando amamos, Dios se manifiesta plenamente entre nosotros. El amor es la marca del hijo de Dios.

Volvemos a nuestra pregunta, entonces: ¿Cómo puedo tener la vida eterna? La respuesta es ésta: conociendo el amor de Cristo y viviendo su vida, una vida de amor. Sólo entrando por fe en una relación personal con Jesucristo podemos experimentar la vida de Dios – una vida de amor – que fluye en nosotros.

Cuando esa vida fluye – cuando Jesucristo reina en el trono de nuestro corazón y el Espíritu Santo dirige nuestra vida – el amor llega a ser algo sobrenaturalmente presente en nuestras vidas. Entonces se ve la marca del amor que distingue al verdadero creyente.

Conclusión

No sé tú, pero a mí me queda mucho campo por recorrer para vivir plenamente en el amor de Dios. Sin embargo, estoy seguro del camino – un camino que empecé a seguir cuando acepté a Cristo como Señor y Salvador, y que me llevará al cielo.

Yo sé que Dios anhela que tu vida y la mía estén llenas de su amor. Sé que El quiere que nuestra Iglesia sea un lugar de amor sincero, puro, sacrificial. Si seguimos de cerca a Cristo, se puede volver una realidad. ¿Quieres acompañarme en aprender a vivir el amor transformador de Cristo?

Publicado julio 6, 2008 por Ricardo Paulo Javier en Devocional

2 Respuestas a “Amor transformador

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  1. creo que el mensaje fue impactante para mi vida…soy bisexual y llevo una vida de familia pero en mi interior siento la culpa por todas las cosas desagradables que siento…no se que hacer pero al leere esta pagina me ayudo a comprender un poquito mas del amor de Dios…gracias por escribir estos mensajes…Dios les bendiga

  2. Sergio. Decime una cosa, ¿no queres cambair de vida?
    Espero tu respuesta

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